Por José Alfredo Guerrero
Esta es una de las preguntas favoritas para encender una peña de amigos que hoy, ya en la tercera edad, no tienen la opinión de consenso que los motivó en la juventud a quemar gomas frente a la policía. En efecto, en los tumultuosos años de los primeros doce del Doctor Balaguer la inversión extranjera se consideraba anatema para nuestro país y toda América Latina.
Los nombres de las principales empresas se asociaban a una expoliación de las riquezas naturales de la región.
Un robo legal amparado en contratos “mucho, casi todo, para mí; este chin para ti” en que activos reales pasaban a propiedad de extranjeros que, se alegaba, utilizan tecnología obsoleta, pagan salarios de subsistencia, no permiten sindicalización y terminan agotando totalmente los recursos o, por su manejo negligente, sin valor económico por la contaminación.
Para esto sirve de ejemplo la famosa frase “pasivo ambiental” que se vincula a la explotación del oro por una empresa extranjera a la que se atribuye la contaminación por sulfuros en una zona que, aparentemente, logró esconder en las negociaciones culminaron con aquel nacionalista discurso por Antonio Guzmán: “El Oro es Nuestro”.
Administrar recursos naturales por una empresa pública monopólica por vía de un proceso de negociación o una expropiación revolucionaria no garantiza para nada que la tierra seguirá dando buenos frutos. Por ahí anda nuestro récord de haber quebrado una mina de oro y el de Venezuela de desvanecer una industria petrolera de categoría mundial. Burocracia y generación de riqueza son dos cosas que andan dispersas, solo se juntan cuando se leen imputaciones de enriquecimiento ilícito en expedientes judiciales.
La inversión extranjera que llegaba en barcos de guerra o con contratos de adhesión redactados con el contubernio de políticos y mercantilistas de las famosas “metrópolis” bien se merecía la furia de jóvenes revolucionarios. Hay que evaluarlos en ese momento histórico y darles méritos a todos.
Ahora bien, recordar con un antes y un después a todos aquellos que esas competencias los condujeron a la administración de “empresas del pueblo” donde empezaron a gastar cuatro veces más para producir veinte veces menos.
Con la inversión extranjera, como en todo, la clave es simular lo más posible la negociación de los contratos entre individuos cuando la contraparte es el gobierno.
Cuando ambas partes del contrato son entidades privadas y la empresa nacional está en una actividad libre y competitiva bien aplica lo de “entre marido y mujer no te debes meter”. Es un simple asunto de observar las cuotas legales establecidas cuando lo amerita la naturaleza de la transacción.
En cambio, cuando el contrato es para la explotación de un recurso común existe el derecho de que sobre sus clausulas pueden opinar todos los dominicanos vivos y que se redacten para que también puedan hacer observaciones los que van a nacer después de ser firmados. Por eso se admite en ellos la posibilidad de modificarlos para mejorar su equidad en la distribución de dividendos y no terminan nunca los debates sobre cuál presidente merece el trofeo de quien ha logrado mejores tratos con los inversionistas extranjeros.
Hasta aquí llegaba el artículo había remitido al periódico y una noticia me obligó añadir este párrafo.
Justamente anoche, ¡A Dios la Gloria!, el presidente Luis Abinader entró en esa competencia con su anuncio de la renegociación del contrato de concesión de los aeropuertos. Vendrá expansión de la terminal de Las Américas, mejoras en las infraestructuras de los demás aeropuertos a cargo de los inversionistas y mayores pagos por la concesión que serán focalizados para inversión en obras de infraestructura. Muy bien.
Finalmente, para “ponerle numeritos” al debate en las peñas sobre inversión extranjera, frase famosa de un profesor de economía que sufría de aporofobia crónica, he usado los datos del Banco Central para consultar los datos en visualizaciones dinámicas como las de estas imágenes.
Están en www.joseaguerrerob.com y son interesantes para rápidamente conocer los principales países de los que proviene la inversión extranjera y cuál ha sido el comportamiento histórico; o, por igual, cuáles son los sectores que atraen más inversión extranjera y en los años en que se registraron los mayores flujos.




