Por José Alfredo Guerrero
Explicamos que pocas actividades tienen más nivel de competencia y popularidad en nuestro país que las bancas de lotería. En estas se vende un boleto que brinda por unos pocos pesos una probabilidad cercana a nula de lograr el premio grande que, desde siempre, se ha acompañado de muchos chances de ganar premios pequeños.
Eso lo se desde pequeño y, lamentablemente, por una tragedia familiar. Mi padre trabajaba en la Lotería Nacional al momento de su fallecimiento en 1972 y, gracias a Oscar Estrella Sadhalá y Héctor Pérez Reyes, se hizo presente “la amiga del pobre y del rico” con un nombramiento como inspector de sorteos para apoyar una familia humilde.
Recuerdo que la inducción fue exactamente igual a lo que presencié en el primer sorteo: una tómbola enorme tiene bolitas con números que corresponden a cada uno de los billetes emitidos (unos treinta mil, que requería darle vuelta con una máquina, imposible a mano como las de los bingos familiares); otra pequeña con los tres premios mayores (en ese tiempo en miles de pesos eran 60,30 y 10) y el resto de otros premios pequeños donde la moda era sesenta pesos.
Eran muchos los premios porque se publicaban en tipo tan pequeño que obligaba a Zelanda a ver con lupa la página entera que se publicaba en los periódicos con todo el que jugó y cobró.
Y, ahí está el detalle, mi madre viuda y con cuatro hijos jugaba su dos o tres pedazos de billete de lotería para tener una lejana esperanza de darle al premio grande que equivalía a 500 salarios mínimos del sector público, es decir, cobrar un lunes un premio equivalente a cuarenta años de trabajo de su sueldo en ese momento.
Todo por una inversión que, en el peor de los casos de irse completamente en blanco en un mes en quinielas o billetes, equivalía a tener dos panes, un plátano o un muslo de pollo menos en la ingesta total de alimentos del mes para toda la familia.
Eso fue hace cincuenta años, cuando la sintonía de los torneos del domingo era absoluta, y sigue siendo así ahora donde hay múltiples sorteos al día y tenemos una banca en cada esquina. ¿Eso lo dices tú, ludópata? No, las gracias ahora del dato se la debo a otro Héctor, Valdez Albizu.
Los juegos de Azar es uno de los bienes de la Canasta Básica con que se mide la variación del Indice de Precios al Consumidor que entró en la canasta representativa para todos los niveles de ingresos.
En la canasta nueva se observa que su participación en el consumo de las familias aumentó a nivel nacional y en todos los niveles de ingreso. En la del promedio nacional la ponderación casi se duplica, al pasar de 0.42 a 0.79, algo que interpretado en pesos indicaría que hoy por cada 1000 pesos de gasto familiar en lotería se hace una jugada de ocho pesos.
En familia con un ingreso equivalente al salario mínimo cotizable seguridad social, 19,352.50, lo que se piensa se tira al basurero jugando lotería es apenas 153 pesos.
En teoría ese sería el ahorro que tendría la familia si el gobierno puede en un día terminar con ese “mal” que el Banco Central revela es un “bien” (porque los apellidos de la Canasta Básica son Bienes y Servicios).

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La encuesta del Banco Central también enseña que los juegos de lotería entran en la canasta básica de todas las regiones del país y muestran un aumento similar en todas las regiones entre las dos últimas encuestas.
Con el ejemplo del salario citado, en la región más pobre del país, 242 pesos en vez de 153 se juegan si el ingreso es cercano a veinte mil pesos.

Ahí están los datos que las loterías que te ponen a soñar con salir de deudas, cambiar el carro, comprar un aire inverter o compra un palco del Licey por toda la temporada no son un estrago a las finanzas.
A esas dos le añado esta que debería dejar simplemente ahí, sin comentarios, como el brillante narrador que en 1988 comentó el jonrón de Kirk Gibson con dos outs para ganar una serie mundial con “¡La pelota se fue…!” y guardó silencio por un minuto, dejando que la historia se contara sola sin franklinmirabalismos hubiesen arruinado uno de los eventos cumbres del beisbol por el equipo más cercano a nuestro Glorioso.
Pero como el jonrón de los proveedores de boletas de lotería no es tan obvio como ese tablazo histórico, oriento: a) la imagen muestra la variación del IPC general mensual desde diciembre 2010 y la de los Juegos de Azar; b) el Banco Central, jugadores, jugadoras y público en general, está indicando con ésta que no ha encontrado un solo mes en los últimos catorce años donde los boletos de lotería, a los que da seguimiento para medir la variación del IPC, hayan aumentado un solo centavo con respecto al mes anterior, por eso su variación mensual es cero y coincide con el eje horizontal de la gráfica.


